En medio de la violencia y la incertidumbre del conflicto en Irak, un sacerdote católico demostró hasta qué punto el amor por Cristo y por los hermanos puede superar cualquier temor. El padre Tim Vakoc, capellán del Ejército de los Estados Unidos, no dudaba en recorrer peligrosos caminos y viajar a los rincones más remotos y hostiles con un único propósito: celebrar la Santa Misa para grupos de apenas dos o tres soldados. Para él, la presencia real de Jesús en la Eucaristía y el consuelo espiritual de las tropas justificaban cada riesgo.
Lamentablemente, en el año 2004, mientras regresaba de celebrar la Eucaristía en una de estas misiones de fe, el vehículo en el que viajaba sufrió un brutal atentado con una bomba instalada en el camino. El ataque le causó graves lesiones cerebrales y oculares que cambiaron su vida para siempre.
A pesar de las severas secuelas y de permanecer gravemente incapacitado durante años, su testimonio de fidelidad, entrega y amor sacerdotal permaneció inquebrantable hasta su fallecimiento en el año 2009.
Su sacrificio sigue siendo un conmovedor recordatorio del valor inestimable de los sacramentos y del celo pastoral de los capellanes que entregan la vida por el rebaño de Cristo.
Festividad de los 233 mártires españoles Cada 22 de septiembre la Iglesia recuerda a los 233 mártires de la guerra civil española, beatificados por San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001.
Sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de distintas edades y condiciones fueron asesinados durante la persecución religiosa por su fe en Cristo y su pertenencia activa a la Iglesia. Antes de morir, según los procesos canónicos, todos perdonaron de corazón a sus verdugos. Entre ellos estuvo María Teresa Ferragud, una madre de 83 años que fue arrestada junto a sus cuatro hijas, todas religiosas contemplativas. Condenadas a muerte, pidió acompañarlas y ser ejecutada al final para alentarlas hasta el último momento y evitar que el miedo doblegara su fe. También destacó el joven Francisco Alacreu, de 22 años, quien dejó tres cartas escritas poco antes de morir, como testimonio de fortaleza, generosidad y serenidad.
El grupo de los 233 estuvo unido no por una ideología, sino por la fe y el amor a Cristo y a los hermanos. Entre ellos también estuvieron el salesiano José Calasanz Marqués, misionero en Cuba y posteriormente superior de la Inspectoría Peruana-Boliviana, y las hermanas uruguayas Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz, primeras beatas de Uruguay. Su testimonio, recordó San Juan Pablo II, es un signo de esperanza y una muestra de que el amor y el perdón son posibles incluso en medio de la persecución."
En #CaminatasyConversas en FM Buen Anuncio 95.7 Concepción del Uruguay,Entre Ríos, Argentina

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